Cirugía (Cuento) Por Sergio Escobar

     Una calle desierta, oscura. El único foco que la iluminaba ya es historia. Es un barrio de casas bajas y de vecinos tan antiguos como los árboles que crecen en sus veredas. Los charcos que dejó la llovizna de la tarde reflejan la luna que se hace pedazos contra los adoquines del pavimento. Los pocos rayos de luz nocturna que llegan a los árboles se enredan en sus ramas, se esfuerzan por atravesarlas y se caen, ya sin fuerzas, contra las baldosas dejando sólo chispas de luz moribunda y una atmósfera de irrealidad en el ambiente.

    Está pegajoso, caliente, como corresponde al verano de Buenos Aires.

   Diez cuadras más allá un hombre de unos treinta años sale a correr. Lo hace todas las noches como deporte, pero hoy es un escape, una salida al calor insoportable de su departamento.

    De vuelta en la cuadra desierta. Un tipo se oculta en el jardín de una casa deshabitada, detrás de una pared, acechando. Ese soy yo. Tengo miedo pero estoy decidido. Necesito la adrenalina del riesgo, la necesito como al aire.

   Por un instante se me cruza la agenda del día siguiente. Una angioplastía por la mañana, cosa fácil, y una operación de corazón por la tarde, y ahí sí, los sentidos bien atentos. De mí depende una vida.

    Los pasos del corredor me devuelven a la realidad del ahora. Pobre tipo... Se equivocó de ruta. Pero así son las cosas. Hoy estamos y mañana no. Hoy se tenía que topar conmigo.

    Pasa muy cerca, pero no me ve. Estoy muy bien oculto. Sólo me tengo que adelantar y empujarlo; cae como una bolsa de papas. Al resplandor de la luna veo todo como si fueran diapositivas: el cuerpo del corredor zambulléndose contra la vereda, los brazos tratando de mitigar el golpe; su cara sorprendida mientras cae en cámara lenta. Ya en el suelo lo único que atina a decir es “la puta mad...” y no lo dejo terminar. Saco el cuchillo y sin compasión, lo hundo entre las costillas del hombre, directo al corazón, con la destreza adquirida por los años. La muerte es instantánea. Lo miro un momento. La quietud y la paz me hacen estremecer un poco. Limpio la hoja asesina, guardo el cuchillo en su funda y me voy, despacio, satisfecho.
    Otra operación perfecta.















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