ENCUENTRO (Cuento de Roberto Vera)
Fue entonces cuando la vi. Estaba acurrucada en un rincón del cuarto. Menuda, simple, asustada, como una criatura huérfana.
No tardé en hacerme entender. Al poco tiempo, fuimos amigos. Me tomó confianza. Le di de comer un pedazo de pan, que era lo único que tenía a mano. Y me miró con ojos muy dulces.
Cuando la llevé para el dormitorio parecía que su cara se achicaba, me decía algo así como que no me merezco, por qué hacés esto por mí…
La tomé de su cabecita y la besé con ternura. Me pasó su lengüita por mi mano.
—Debemos dormir. Es tarde —le dije.
Ella asintió moviendo la cola.
.....
jueves, 1 de agosto de 2013
sábado, 11 de mayo de 2013
miércoles, 24 de abril de 2013
NOCHE (Poema de Roberto Vera)
Manos de arena,
serpentinas de la noche
en esta ciudad descalza y fría.
Jaula de almas y mentes indecisas
que esperan sentadas;
amapolas y chirolas
ennegrecidas de cansancio.
Palomas y trompetas
en los escaparates
de tiendas vacías;
insectos / serpientes
veredas congeladas.
Un policía lleva
en sus manos las pizzas;
careta de hombre puro,
proxeneta.
Las luna, siempre atenta,
esta noche no mira.
Las sombras
se escurren hacia el río
...
martes, 23 de abril de 2013
A TRAVÉS DE TU MIRADA (Poema de Roberto Vera)
Como un galán de utilería,
vestido de punta en blanco,
llegué predicando mis virtudes.
Vos me escuchaste v
con tus ojos de seda
me asustaste en el primer momento.
Luego te fui viendo por dentro
a través de tu mirada.
Te metiste en mi corazón y quise huir,
estar lejos de tu sombra.
Me aterra pensar en un nuevo amor,
de llegar tarde
al lugar del reparto de la felicidad;
siento gritos de signos de interrogación por todos lados.
Giran por mi cabeza calesitas,
supermercados,
alcauciles,
gritos de diarieros
y canto de gallos.
Subo el puente de subterfugios
y espirales de alfombras,
para bajar luego en la academia de tango
con un canyengue caminar de compadrito
Sigo apretado en mi almohada,
ya no quiero las hojas secas sobre mi mente.
Basta encontrarme con una flor
de la esquina de tu casa.
*******
lunes, 11 de junio de 2012
La violación (Cuento de Angela Martínez)
Eran tres muchachotes. Estaban apoyados en un auto viejo. Ella pasó y los miró provocativamente. Llevaba una falda corta y apretada que le marcaba las nalgas al ritmo de sus pasos; la blusa, medio transparente, dejaba entrever un abultado interior y dos guindas achocolatadas. Se miraron entre los tres y resolvieron que ella sería la víctima.
—Está buena la guacha. ¿Viste cómo nos miró?
—-Parece una buena monta —le respondió el otro, rozándose la bragueta,
—Vamos —dijo el tercero—; ¡no la perdamos de vista!
Entre dos la agarraron y el tercero le tapó la boca para que no gritara, aunque a esa hora, a la siesta, no pasaba nadie por la calle. La metieron en el auto viejo, a ella, su cartera y un sobre marrón, que tenía bajo el brazo junto a otras carpetas y la llevaron al galpón que servía, entre otras cosas, para esos fines “non-sanctos” de service a toda hora.
Durante el trayecto la estuvieron manoseando como un anticipo de lo que le esperaba. Le subieron la falda, le sacaron las medias y así en tanguita se la mostraron al que manejaba, que parecía que era el que mandaba, quien hizo con los dedos el gesto de tijeras, de cortar. Ella sacudió la cabeza negándose ya que no podía hablar por el pañuelo dentro de la boca. Pero uno de sus acompañantes, viendo sus gestos de desesperación, le dijo:
—No te asustés. Te vamos a cortar nada más que la chabomba para que quedes en bolas y así se nos facilita el trabajo. ¿Está claro, boluda?
Ella tenía la boca amordazada, las manos atadas en la espalda, la blusa a medio salir de la falda y semidesabotonada, lo que impulsó al más calentón a terminar de desabrocharle la camisa y a tocarle la carne así expuesta. Una tasa del corpiño se le había salido en los forcejeos al entrar al auto y le dejaba ese seno al aire, que fue convenientemente manipulado. Las piernas descansaban una en cada rodilla de sus captores, lo que le dejaba el sexo totalmente abierto y expuesto.
Así se la presentaron de nuevo al que manejaba, quien acomodó el espejo retrovisor para captar todos los detalles y dio su aprobación.
De vez en cuando le pasaba el dedo índice húmedo con saliva por su parte más saliente dentro de los labios escondidos y olía su olor de mujer dispuesta a ser copulada. Toda la situación hizo que ella, si bien su papel era el de víctima, sintiera un perverso nerviosismo.
La bajaron del auto —siempre atada— y la colocaron sobre la mesa de trabajo, esta vez totalmente desnuda. Los senos, rotundos, ya sin la compresión del corpiño, se desparramaban libremente ocupando mayor superficie, pero conservando los pezones erguidos y expectantes. Uno detrás del otro fueron desfilando, haciendo su descarga de macho en brama, manoseadas y palmaditas incluidas. Ella en ningún momento cejó en sus intentos por liberar manos y boca, y esos movimientos cimbreantes agregaban su cuota de calentura a la penetración.
Durante la primera vuelta se sintió confundida. ¿Qué era esa sensación de plenitud que experimentaba? Aquello era algo bárbaro, salvaje, eran como animales en celo, allí no había amor, sólo sexo y sin embargo... Con su pareja era todo tan romántico, tanto cariño premoldeado, tantas frases hechas, tanto amor previsible... Allí con esos bestias se sintió hembra, se despertó su instinto de cría y sintió el deseo animal desatado. Se sintió deseada, poseída por una brutalidad desconocida. Y lo disfrutó. Sexo puro, sin compromiso, entrega carnal, fusión de ansias como debía darse en la naturaleza, una necesidad saciada.
Dos y hasta tres rondas hicieron, en distintas posiciones. Se sacaron el gusto con una hembra tipo modelo de tapa de revistas y no con esas señoronas que a veces pescan, con la bolsa de la feria. Finalmente ella se dio por vencida y los dejó hacer: Total, la suerte ya está echada, pensó.
Tenía moretones en todo el cuerpo, marcas, chupones, los labios sangrantes, su sexo gastado, en algunos lugares hasta en carne viva y, como última humillación, le orinaron encima, La vistieron como pudieron y la llevaron en el montacargas hasta el subsuelo: allí le liberaron las manos y la boca.
—Acá podés gritar todo lo que quieras, que nadie te va a escuchar ni va venir en tu auxilio.
Ella los miró despreciativamente y alcanzándoles el sobre, sólo dijo:
—Sida..., tengo sida.
Angela Martínez. Narradora y poeta. Nació en el barrio de Caballito. Es traductora pública nacional. Forma parte de la troupe del Taller Literario "El Enjambre Azul"
jueves, 7 de junio de 2012
Volar (cuento de Roberto vera)
Entonces, creí que podía hacerlo. Me estiré todo lo que pude y efectivamente estaba volando. Veía las casas del barrio, muy chiquitas allá abajo, y los pobladores que parecían hormigas. Fue una experiencia increíble.
Después quise hacer lo mismo, repetir esa la visión onírica conmovedora. Me dirigí al peñón del pueblo, y desde la cima, mirando el agua verde, me largué a volar.
Lógicamente fui a parar al fondo del mar. Todavía no se cómo pude salvarme.
Si no fuera por el pulpo, que ahora es mi padre...
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