viernes, 22 de febrero de 2008

El culo de una arquitecta // por Pedro Mairal

No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se auto sustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompaviva y prodigiosa. Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización. Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neanderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en cambio, es lírico, musical, cadencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema. Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas confrontan, el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balanceo camino del mar. Las mujeres argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco en el último Hay Festival de Cartagena de Indias para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General. De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre sorprende al tacto esa temperatura, el frescor del cachete en el primer encuentro con la mano. Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre. Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora, como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa. Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personal trainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados. Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un “tremendo fambeco”. Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, “El culo de una arquitecta”. No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero. Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores, pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona. Y ojalá se entere también que, cuando me echaron ,lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos respingando el durazno gigante de su culo soñado.

sábado, 16 de febrero de 2008

Adicción

Me paso cada día de mi vida drogado. Cuando no tengo la droga que deseo, que anhelo, el mono se apodera de todo mi ser y no para hasta obtener una nueva dosis. Tú eres la droga que tanto anhelo. Cada día que paso sin verte, sin enredarme en tus dorados cabellos, sin enraizarme en tus ojos azul celeste, sin probar el dulce veneno de tus labios, sin disfrutar el fresco aroma de tu piel, son un tormento para mí.La suave textura de tu piel, tus frescos, tiernos, carnosos labios, veneno inmisericorde, luna de mis sueños. Tus oídos, laberinto que pierde a mi lengua mientras, entre jadeos, te susurro palabras de pasión. Tu cuello de forma perfecta, círculo interminable que exalta mi apetito de lujuria. Tus hombros desnudos, eróticos paraísos de sensibilidad. De ahí voz bajando, lentamente, reconociendo cada punto de tu piel.Adoro tus pechos, los recorro con suavidad, juego con ellos mientras se endurecen, se erizan, me detengo cerca de su luna, la rodeo lentamente, con mi lengua, mientras que con la mano aprieto tus pechos, tiernos, suaves. Utilizo mi lengua para recorrer sus lunas llenas, hermosas, con sus prominencias que no paran de crecer. Las toco con mis labios, acojo el pezón en mi boca y lo dejo escapar. Sigo masajeando tus pechos, en círculos, los aprieto, un poquito más. Mis uñas se clavan como punzones en tus senos. Nuestras piernas se entrelazan, aprisionas mi muslo que se cuela entre tus piernas y se mueve rítmicamente mientras mi lengua juega con tus pezones. Los atenazo entre mis dientes y jugueteo con mi lengua.Es un juego lento, rítmico. Los suelto y subciono con mi boca mentras mis manos mantienen tu pecho, los masajea y aprisiona fuertemente. Ambos cuerpos bailan cadenciosamente.Libero tus pechos. Recorro su aureola con mi lengua, mordisqueo suavemente tus pezones y los subciono. Los dejo descansar.Exploro tu cuerpo, su húmedo aroma, con mi lengua. Mis uñas recorren lentamente sus lados, juguetean con tus pezones, aprisionan tus pechos, los envuelven.Mi lengua recorre tu pozo de vida, cercado de erizadas texturas de carne rosada, jugosos elixires emanan encabritando mis sentidos más racionales hasta haceme perder la cordura.Un deseo incontenible excita mis sentidos. Mi lengua inexorablemente recorre lentamente, saboreando, reconociendo, los pequeños montes, la colina más hermosa, revelando su tierno interior, deseándolo y disfrutándolo suavemente, lentamente, descubriendo un magma de pasiones que se encadenan rítmicamente, escalonadamente. Los dientes, suaves tenazas de terciopelo, atrapan ese creciente magma incandesccente, abrasador. Lo atenazan suavemente y lo dejan escapar en plena convulsión. Mientras, la lengua explora los montes circundantes, prominencias sensoriales, carnosas voluptuosidades, que encierran un hermoso y dulce valle salado, por cuyos vericuetos mi lengua avanza sin descanso, explorando cada uno de los pantanosos senderos que lo recorren. Y de a poco penetra en una oscura cavidad, volcán de vida pasional, enjambre de voluptuosa belleza y sensibilidad.Penetra suavemente, tanteando sus paredes interiores, profundizando y saliendo nuevamente al hermoso valle para deleitarse en el incandescente magma, atenazarlo y saborearlo para bajar de la colina al valle y desde el valle sumergirse en el volcán en eurupcin, sucumbiendo a su sabor, exaltándose. Y mientras mis manos recorren tus pechos, mis dedos juegan con tus pezones, mis u~as se clavan inmisericordes en tus pechos.La lengua entra y sale acelerada, disfrutando el jugoso valle, del rocìo impregnado, del aroma del todo.Sube a los montes para llegar a a colina y presionarla haciendo salir el magma rosado que abraza con suavidad y acaricia acelerando el ritmo, siguiendo de cerca su intensidad.Espasmódicos terremotos convulsionan el paisaje. Los montes tiemblan, el valle se inunda con la lava del volcán que exhausto abre su boca expulsando sus calores.La colina se agita, mi lengua excitada no para de acariciar el magma que retengo en mi boca y subciono, jugueteando obsesivamente, una y otra vez, con mi lengua.Lo expulso, mi lengua cae sobre el y lo aprieta, lo recorre insaciablemente, velozmente, sin parar.Todo tiemblea, las monta~as, el valle, el magma ardiente y el volcán a punto de explotar.Mi lengua no puede parar, continúa sus maníacos movimientos. El terremoto arrecia, se enfurece, la naturaleza pierde el control.Una locura desenfrenada se apodera de la totalidad y en un instante el volcán explota, expele su lava que inunda el valle y humedece los montes. El magma, roto, se cobija bajo el abrigo de la colina.Las últimas convulsiones agitan los montes y la calma va apoderándose lentamente del todo.Mis labios besan tiernamente los montes y su colina, tu pozo de vida, tus pechos, tus pezones, tu cuello...

domingo, 3 de febrero de 2008

Masturbate // de Irene Gruss

Mastúrbate
úntate
cada pezón con miel
y baja el mentón,
la lengua
saben dulces,
toca circularmente cada punta morada,
agrietada o lisa
y luego acaricia el vientre,
el ombligo,
haz cine o literatura con la mente
pero no olvides los pezones,
la miel, el dedo circular
hazlo frente al televisor
mientras te ríes y te humillas:
mastúrbate,
abandona,
cuida el clítoris como a la piel de un niño,
escucha el viento que suena detrás de la ventana cerrada,
guarda tu jugo a escondidas del mundo
y mastúrbate,
que tus piernas comiencen a abrirse
y a cerrarse
que tu murmullo sea un gemido ronco,
grito agudo en el aire,
en el hueco que pide penetración,
contacto,
habla despacio
hazlo en silencio
pero gime
aúlla murmura
aunque sea el goce
el rozarse de tu pelo en la almohada
en la alfombra en la nuca,
mastúrbate,
hasta que las rodillas tiemblen
hasta que caigan lágrimas
y suene esta vez no un viento sino un timbre
y otro, regular la campanilla,
recién entonces
dilátate como en el parto
lubrica tu vagina,
0 el tubo que sigue llamando, levántalo,
bájalo introdúcelo y escucha ahora su voz,
lejana, ajena,
y cierra tus ojos,
su boca tan adentro.

Masturbate // de Irene Gruss

miércoles, 26 de diciembre de 2007

La oscuridad bajo la mesa

Por Elvio Gandolfo
El jefe ha dicho que podía irme dos horas antes a casa, para terminar con las carpetas de expedientes que llevé anoche. Después de un largo viaje en ómnibus, en el día neblinoso, húmedo, con olores que quedan como colgando del aire, entro al ascensor amarillento, sucio, recorro el pasillo cuyas paredes parecen sudar y abro la puerta del departamento, empujando un poco para que se destrabe el marco.
En la sala hay cuatro sillas, una sólida y vieja mesa de madera, de puntas redondeadas, y con patas formadas por una U compacta, también de madera, que se apoya sobre un soporte redondo y grueso como un leño. Detrás, al fondo, junto a la puerta que lleva a la cocina, está el trinchante, un poco deslustrado. Donde tendrían que ir botellas de distintas bebidas, en una puertita del costado izquierdo, tengo las carpetas, papeles en blanco, carbónicos. Sin quitarme el sobretodo me acerco, escurriéndome entre las sillas y la cómoda (los muebles entran un poco apretados en el espacio reducido de la sala) y me agacho. También la puerta del mueble está un poco trabada, pero al fin cede. Saco una pila de carpetas, y, en vez de trasladarlas a la mesa, me dejo resbalar lentamente y quedó sentado, pasando una tras otra, en busca de la que falta terminar.
En el otro extremo la puerta de la calle se abre: seguramente mi mujer, pienso, y alzo apenas la cabeza para mirar por debajo de la mesa, entre la red que forman las patas en U, las patas delgadas de las sillas, y el mantel de puntillas que cuelga cerca de mi nariz y más allá, repitiéndose a dos metros, en otra punta de la mesa.
Lo que veo son las piernas de mi mujer, calzada con los zapatos de taco, cosa que me llama la atención. Sólo alcanzo a distinguirlas hasta las rodillas, hasta donde empieza el vestido color violeta que se pone los fines de semana. Aparto los ojos por un segundo para mirar la hora: las cuatro y cuarto. Pensaba que el minúsculo movimiento de mi cabeza sería acompañado por el ruido de la puerta al cerrarse (uno empuja, entra, la vuelve a cerrar casi en un único movimiento) y sorprendido de no oírlo vuelvo a mirar.
Hay un par de piernas de hombre junto a las piernas de mi mujer. Ahora sí la puerta se cierra, y las piernas de los dos cambian de posición: mi mujer queda apoyada contra la puerta y los tacos del hombre hacia mí: evidentemente la aprieta contra la hoja de metal. Una mano aparece desde el borde de la mesa y el mantel, baja, alza el vestido violeta de mi mujer lentamente y acaricia la carne a la vez con ternura y violencia, con apremio y calma. Se oyeron los jadeos de mi mujer, largos y profundos al principio, entremezclados con algo que es como el comienzo de una palabra dicha entre dientes, que no llega a concretarse y que al fin se resuelve en un «aaahh» ronco, cada vez más breve. La mano ha vuelto a subir por debajo del vestido de mi mujer, y ahora le veo las piernas perdiéndose hacia arriba, con medias largas, color carne.
De pronto las piernas de mi mujer se apartan de la puerta, las del hombre vacilan un poco (fuera de mi visión debe estar viendo el movimiento de mi mujer, captándolo más bien con el cuerpo, y tratando de adaptarse a él). Lo que ella hace es retroceder de espaldas hasta la mesa, para apoyarse, y arrastrar al hombre, tomándolo de la ropa, guiándolo.
Ha quedado apoyada con las nalgas en la mesa, y abre las piernas, que enmarcan las del hombre, apoyándose en la punta de los pies, aún calzados. Así como antes esperaba el ruido de la puerta, ahora espero que los pies del hombre se afirmen, que los jadeos de mi mujer se hagan más intensos, que recomiencen al menos, porque se han interrumpido. Pero los movimientos de los dos se hacen suaves, silenciosos, casi respetuosos. Las dos manos del hombre bajan lentamente una de las medias, mientras los pies de mi mujer, fuertes, ágiles, se quitan los zapatos con un par de movimientos. Se oye el chasquido del elástico de la segunda media al soltarse arriba: la otra media baja, lentamente.
Las piernas de mi mujer son blancas, casi lechosas donde se unen a las nalgas, al borde de la gordura pero firmes; hay algo en ellas que reclama algo, no se sabe bien qué: decir que reclaman ser tocadas sería simplificar, falsear las cosas.
No he alcanzado a ver el rostro del hombre, la primera vez porque quedó más allá del borde del mantel, la segunda porque la pierna lo ocultó. Hay un susurro suave, las piernas de mi mujer se apoyan alternadamente, en movimientos leves, sueltos: se está sacando o le están sacando el vestido, que cae, formando una mancha violeta junto a las cuatro piernas.
Llama la atención que el hombre no se haya sacado el pantalón: la está acariciando, de vez en cuando una mano baja por las nalgas, y vuelve, se demora en el surco cálido y suave que las divide, hasta que se demora definitivamente, entra con delicadeza, los jadeos de mi mujer aumentan.
Esperaba ver subir las piernas de mi mujer, aferrarse a las del hombre, o un leve crujido de la madera de la mesa que indicara que se recostaba, que se iba dejando caer sobre ella, corriendo el mantel de puntillas, arrugándolo, derribando el espantoso cisne de cerámica estilizado que hace de centro de mesa. Pero en cambio cae (siempre suavemente, sin violencia) de rodillas, y baja con decisión pero con cuidado el cierre metálico del pantalón del hombre. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir cómo surge su miembro porque mi mujer lo abarca casi antes de que salga con la boca, lo cubre, se mueve. El hombre le sostiene la cabeza tomándola del pelo y las orejas, como temiendo que se le caiga, porque todo parece balanceo, ebriedad incontrolable, que al borde del desmoronamiento y el desorden se controla sin embargo, multiplicando el goce.
Mi mujer va cambiando lentamente la posición del cuerpo. Es como si su rostro fuera otro, a la vez más real y más anónimo que el de todos los días: tiene los ojos entrecerrados, las mejillas rosadas y ahuecadas por la tarea, el pelo rubio cayéndose desordenado y oscilante con los movimientos de la cabeza y del propio cuerpo del hombre, prácticamente sostenido por el miembro, porque las piernas se le han relajado tanto que uno de los zapatos está inclinado, flojo, como un barco escorado.
Ahora mi mujer tira de él hacia abajo, se va recostando lentamente sobre el soporte en U de ese extremo de la mesa. Apoya la espalda contra el grueso trozo de madera y el hombre se arrodilla sacramentalmente, la penetra despacio al principio, luego con más violencia.
La cabeza de mi mujer cae hacia atrás, volcando la cabellera rubia, que parece brillar en la oscuridad bajo la mesa. Ahora veo su rostro invertido, jadeante, levemente sacudido. Sus brazos rodean al hombre y lo atraen hacia ella. Por primera vez le veo la cara: es un desconocido, tan atractivo o desagradable como yo, pero en ese momento rescatado por el goce, alivianado, con todos los músculos del rostro a la vez tensos y flexibles, porque los dos se mueven en armonía, melodiosamente.
Mi mujer tiene que haber advertido algo a través de los ojos entrecerrados, porque de pronto los abre. Debe verme también invertido, más allá de la oscuridad bajo la mesa, con el montón de carpetas sobre las piernas, sentado contra el trinchante, con el sobretodo puesto. Yo también la miro. Algo debemos transmitirnos que impide que la probable sorpresa se traduzca en terror, en un breve espasmo muscular que saque al hombre de su concentración para descubrirme. Lenta, lentamente mi mujer vuelve a entrecerrar los ojos, y ni siquiera puedo inventarle una sonrisa en los labios, que reciben con blandura los del hombre, se dejan aplastar por ellos en medio de un ruido húmedo a succión, a entrega y devolución de interiores, hasta que casi pierden la respiración.
Por primera vez los movimientos del hombre parecen casi desesperarse, rozar la violencia. Lo que está haciendo es quitarse la camisa y el pulóver de un solo tirón, y, con un movimiento sinuoso de todo el cuerpo, el pantalón, que se desliza hasta las rodillas. Mi mujer lo abraza también con ansiedad, por un instante han quedado separados, pero las manos del hombre vuelven a tomarla, a calmarla, y le quitan la enagua de seda ocre, la arrojan sobre el montón de ropa que ha ocultado la mancha violeta del vestido.
Ahora sí la penetración es violenta, transmitida por la espalda de mi mujer a toda la mesa, haciendo que se agite la punta del mantel que tengo ante los ojos. Llegan al clímax con rapidez, jadeando juntos, cada vez más roncamente, con un grito final de agonía y triunfo. El hombre permanece sobre ella, acariciándole los cabellos, los hombros. Mi mujer se acomoda un poco y su rostro queda oculto. Miro entonces sus pechos: como siempre el pezón derecho está erecto, duro, y el izquierdo blando, derrumbado.
Mi mujer vuelve a acomodarse y ambos quedan tendidos en el espacio entre la mesa y la pared, acariciándose apenas. Alcanzo a distinguir cómo se eriza la piel de mi mujer. Llega un momento en que los dos parecen estar dormidos. Siento mi miembro erecto aplastado por la pila de carpetas, que empieza a ceder, recorrido por un dolor entre angustioso y gratificante, retenido.
Lo primero que se mueve es la mano del hombre, que vuelve a acariciar y después a introducirse en el surco de las nalgas, destacándose morena contra el blanco purísimo de la piel de mi mujer, que despierta con un estremecimiento de todo el cuerpo.
El temblor parece transmitirle energía al hombre, que toma a mi mujer y la alza en peso, mientras él se entrepara. Mi mujer alcanza a aferrar con los brazos los dos pilares de la U de madera, y resiste el embate rítmico del hombre por detrás. Ahora sí abre los ojos de par en par y me mira fija, hipnóticamente, hasta que se ve obligada a cerrarlos cuando ambos llegan por segunda vez al orgasmo.
La mesa se ha sacudido casi hasta descolarse, una de las carpetas se ha desplazado de la pila y ha caído, pero sin sacarlos del trance animal en que se mueven.
Ya me duele el brazo, y la erección ha desaparecido: siento todo el cuerpo al borde del calambre. Pienso que tal vez vuelvan a caer, a relajarse, dormirse: son las cinco menos diez.
Pero el rostro de mi mujer, que se ha echado hacia atrás esquivando hábilmente el borde de la mesa para quedar unos instantes de rodillas junto a las piernas del hombre, sufre una transformación horrible: recobra en un segundo los rasgos cotidianos, la leve arruga nerviosa en la comisura izquierda de los labios, el gesto general alerta, defensivo. Cuando la mano del hombre intenta acariciarle la espalda, ella se la aparta, eficaz y terminante, mientras le dice que tiene que ir ya mismo a buscar a nuestros hijos a la escuela.
No sé de qué manera, pero el hombre expresa con las piernas (por las que el pantalón ha bajado hasta formar una especie de pedestal informe), con las manos, incluso con el miembro, que ha recibido el mensaje, el baldazo de agua fría. Una de las manos baja despacio y alza la enagua de mi mujer, aquella de seda ocre que le compré en Harrod’s para nuestro quinto aniversario. Pienso que va a alcanzársela, pero lo que hace es limpiarse con cuidado el miembro, mientras con la otra mano se sube primero los pantalones y toma después su ropa.
Mi mujer se ha puesto con rapidez el vestido violeta, los zapatos. Nuevamente les veo sólo las piernas, las del hombre ahora inmóviles mientras se abrocha la camisa, las de mi mujer moviéndose, taconeando hasta perderse cortadas por el borde de la puerta que da al pasillo. Reconozco el ruido a vidrios flojos de la puerta del baño. Advierto que se ha llevado la enagua.
Vuelve un segundo después. Por un instante las piernas de los dos reproducen con tal perfección la posición de cuando entraron, que temo ver cómo las de mi mujer se apoyan otra vez contra al puerta y cómo otra vez los tacos del hombre me apuntan, para recomenzar. Pero es una décima de segundo que no detiene los pasos firmes de mi mujer, el tirón de la puerta al abrirse, el ruido que hace al cerrarse, sofocado por la humedad, casi neumático, y los pasos que se alejan hacia el ascensor.
Ahora sí, con cierta dificultad, podré pararme.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Los Amos

Por Juan Bosch (República Dominicana)

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.
—Le voy a dar medio peso para el camino. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.
Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.
—Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.
—Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.
Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el Descueza La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.
—Ta bien, don Pío —dijo; que Dio se lo pague.
Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los crios.
—Qué animao ta el becerrito —comentó en voz baja.
Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.
Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.
Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.
—Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino
—Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia —oyó responder.
El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana.
Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.
—Vea, don —dijo—, aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.
Don Pío caminó arriba.
—¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.
—Arrímese pa aquel lao y la verá. Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.
—Dése una caminadita y me la arrea, Cristino oyó decir a don Pío.
—Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.
—¿La calentura?
—Unjú, me ta subiendo.
—Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.
Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándola. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito...
—¿Va a traérmela?—insistió la voz. Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.
—¿Va a buscármela, Cristino? Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.
Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.
—Ello sí, don —dijo—; voy a dir. Deje que se me jipase el frío.
—Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro. Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pié.
—Sí; ya voy, don —dijo.
—Cogió ahora por la vuelta del arroyo —explicó desde la galería don Pío.
Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encordó para no perder calor, el peón empezó a cruzar sabana. Don Pío le veía de espaldas. Una mujer se tizó por la galería y se puso junto a don Pía
— ¡Qué día tan bonito, Pío! —comentó con voz cantarina
—El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.
—No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.
Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.
—Malagradecidos que son, Herminia —dijo—. De nada vale tratarlos bien.
Ella asintió con la mirada.
—Te lo he dicho mil veces, Pío —comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

sábado, 27 de octubre de 2007

Escrito un día a la mañana // Liliana D. Mindurry


Cuando entré al cuarto de mi tío, estaba pintando. Suele pintar de noche algunas veces si no está muy cansado. O si está nervioso.
Eso dice. Que cuando está nervioso, pinta. Entonces no quiere contarte ninguna historia, nada de nada, sólo pintar y pintar. Ni siquiera te ve.
Le dije: ¿Estás enojado conmigo?
Me dijo: No, no estoy enojado.
Nos quedamos sin hablar. Cuando pinta es raro que hable. Él miraba su pintura o miraba algo que yo no veía, algo que estaría en el aire. Yo le miraba la cabeza.
Estaba Minos presente, suele seguirme a todas partes. Si uno lo acaricia se duerme. Yo lo acariciaba y se dormía.
Le pregunté a mi tío algo sobre los huracanes y me dijo que no quería hablar más de eso. Que estaba harto de eso.
Le pregunté por la flor y me dijo que lo dejara en paz.
Le dije que sí estaba enojado. Me dijo que no y basta. Cuando pinta es así. Cuando pinta lo odio.
Le dije : Merce tiene pesadillas todas las noches. Sueña con algo que no sabe qué es. Me dijo: Yo también sueño. Le dije: ¿Qué soñás? No supo decirme qué soñaba. Le dije: Debés soñar con la Cosa, lo que sueña Merce. Hace meses yo también soñaba con la Csa. Que se metía, que estaba acechando detrás de la puerta, que me tocaba los pies, que me subía por las piernas. Que yo cerraba la puerta y la Cosa empujaba y entraba. Le conté a Merce. Ahora la Cosa se le metió en los sueños a ella.
Entonces me hizo la pregunta de todos los grandes.
Por qué los grandes repiten lo mismo. No se cansan.
¿Qué es la Cosa?
Le dije: Si se supiera, no sería la Cosa. Nadie lo sabe.
Siguió pintando, cuando pinta lo odio. No se entendía mucho lo que pintaba. Era todo amarillo, naranja y marrón con alguna gama del verde oscuro. Sería la Cosa.
En una parte salía la cabezota enorme de Josecito pero podía ser una calabaza o no sé qué.
Era como si en el cuadro pasaran muchos acontecimientos, pero había que descubrirlos. Había que mirarlo mucho para entenderlo. Mirarlo y que te ardieran los ojos de tanto mirarlo, y te cansaras y quisieras dormir. Entonces te dormías y soñabas con el cuadro, con lo que escondía el cuadro. Era mi cabeza, ahora resultaba más nítida. Uno la podía reconocer. Era mi cabeza.
Era yo adentro del cuadro.
Después hizo unos remolinos como los de Dante. Remolinos adentro de un desierto blanco o amarillo muy pálido. Un desierto como ese lugar donde hay camellos. O un lugar que no es: vacío, creo que se dice.
Me dijo: Sacate la ropa. Le dije: ¿Toda? Me dijo: El vestido solamente. Le dije: Me da vergüenza. Pero me la saqué. Me senté en bombachas sobre los talones.
Me dijo: Así no.
Le vi los dedos amarillos y pensé en mi mamá que siempre le dice que no fume. No me importó que fueran amarillos.
Me hizo arrodillar. Me pintó arrodillada. Me escondió en el cuadro. Pintó encima como para que no me viesen. Pintó algo que no entendí.
Le pregunté qué pintaba.
Estaba muy enojado, no respondió. Cuando pinta se enoja, no habla. No quiere contar historias. Cuando pinta parece un viejo, más viejo de lo que es. Cuando pinta lo odio.
Volví a preguntar para que se fastidiase.
Me respondió: Una grulla. Como si me hubiera respondido: un jarrón. Le pregunté: ¿Qué es una grulla? Me respondió: Un ave. Le dije: Ya sé. Y sé que Dante dice que tiene el canto triste como la gente que vuela en el viento o, al revés, que la gente recuerda a las grullas. Me dijo: Es un ave zancuda. Parecía la hermana Rosa cuando habla de zoología. Le dije: No es una grulla. Las grullas cantan en tu cuadro, pero no se ven.
Entonces dejó de pintar, me miró, pero no el cuerpo sino la cara. Me miró la cara. Me dijo: Lo que yo pinto es una esencia que no se ve. No tiene que verse sino sugerirse. Lo de las grullas que decís está bien. Está el quejido de las grullas. Y no preguntés más porque me distraigo. Ponete el vestido y andate a dormir que es tardísimo.
Le dijo que no.
Que no me iría a dormir. Que no me iría nunca más. Que deseaba meterme en el cuadro, entender el cuadro.
Entonces él se abrió el pantalón.
Yo había visto a Josecito desnudo, pero era distinto. Era grande, enorme. Esto es lo que pinto, me dijo. Puso mi mano allí donde florecía duro, tenso y suave. También muy suave.
Fue veloz. Me hizo arrodillar como en el cuadro y me hizo poner lo tenso y suave en la boca. Me la abrió y toqué la punta con la lengua. Miré la pared, el muro donde él se apoyaba.
Dejé de mirar.
Tenía un gusto levemente salado. Me aferró la cabeza con violencia, con el mismo enojo que cuando pintaba y me la hizo mover y él también se movió. Bailaba. Eso tocó cerca de mi garganta. Me hizo lamer y volví al gusto salado. El gusto como cuando te tragás las lágrimas. Se parecía a la lengua, pero era distinto. Me dijo que aspirara, que absorbiera y empecé a sentir el remolino.
Era como una prueba de circo. Eso se metía, era un animalito vivo que deseara ser tragado. Era el gusto de la flor, aunque no un girasol, sino una cala, esas flores de muertos que son blancas y están llenas de vida. Sería la flor de la adormidera que dicen que es roja.
Tenía el ritmo de una ceremonia de esas de las películas con tipos raros y tribus. Una música nocturna. Imaginé a Francesca sobre los huracanes tragando a Paolo.
En un momento pensé que debería comer o que me devoraría el animalito que se movía entre mis dientes. Mi tío se quejaba con la tristeza de las grullas. Era una grulla.
Pensé en Dios, en Dios deforme. Se me hacía difuso.
Después sentí en la lengua un agua blanca y mi tío gritó como si le sacaran la vida. Tragué el agua blanca, la vida.
Mi tío se acostó en el piso. Parecía desmayado. Quizá muerto. Yo no sabía. Quizá la policía viniera a buscarme y me encerrarían.
No le hablé.
No le dije nada.
Él tampoco. Podía estar muerto. Vendría la policía.
Miré el desierto del cuadro.
Me fui. Llamé a Minos y me siguió.