Bajo del ómnibus. La terminal está irreconocible. Por supuesto que no es tan majestuosa e impersonal como las de las grandes ciudades, pero es moderna y funcional. Me resulta extraño ubicar un lugar semejante en mi pueblo.
Camino hacia la salida, arrastrando parsimoniosamente mi valija con rueditas, “otro elemento extraño en este pueblucho”, pienso. Recorro toda la plataforma, el hall y llego a una puerta de vidrio presidida por un cartel verde con letras blancas: salida. Al acercarme, la puerta se abre sola, dejándome ver la calle y los autos que transitan por ella. “Que gentiles, ni siquiera tengo que empujar el vidrio”, reflexiono; “tampoco tuve que decir ábrete sésamo”, sigo divagando; “o es la forma más sugerente de indicarme que ya llegué y que no hay vuelta atrás”.
Pongo un pie en la vereda y a pesar del calor del ambiente, siento un escalofrío recorrer mi espalda. Un muchacho me hace señas con la mano, mientras me abre la puerta del primer taxi de la fila. No le hago caso, camino hacia la esquina.
Decido seguir a pie hasta mi hotel, total está cerca y quiero volver a ver las viejas calles y la plaza y la peatonal.
¿Por qué vuelvo? O mejor dicho: ¿por qué me fui?
Me fui porque se fueron todos. Yo, uno de los últimos, pero al final me fui. Recuerdo haber sufrido mucho, no quería irme. Supongo que hubiera sido feliz aquí, trabajando en la fábrica o en el campo, o de mozo o vendedor en el pueblo, pero quedarse no estaba bien visto. Era de tontos o de fracasados. Había que irse. Como si fuera un legado de todas las generaciones. Irse a otro lado. A la ciudad, a cualquier parte, pero fuera de aquí.
De buena gana me hubiera quedado. A pesar que ya me había separado de mi mejores amigos. Funes fue el primero en dejarnos. Después lo siguió el mayor de los Viñas, después el Ruso Cohen, y así, uno a uno, me fueron dejando solo. Claro que yo tenía a Mercedes que era a todo lo que aspiraba, vivir con ella para siempre, pero una tarde, sentados en el banco de la plaza, con las manos entrelazadas, me dijo con ojos vidriosos: “yo también me voy”.
Entonces sí, ya no quedaba nada para mi en el pueblo, y yo también me fui.
Llegué a la ciudad, desterrado, apátrida. Con una dulce melancolía por el pueblo que dejé, pero también con rencor por no haber podido crecer en mi lugar, por haber abandonado mi sitio para ser uno más entre tantos otros.
En el pueblo yo era Romancito, el hijo tardío de Don Marcos y Doña Ana. Mis viejos ya eran mayores cuando llegué al mundo. “Es una bendición, un regalo del Señor”, repetía mi madre hasta el cansancio. Siempre me sentí querido, por mis padres y por mi gente. Pero aquí, en mi pueblo, se crece muy rápido. Y cuando dejé de ser Romancito para convertirme en Román, ya nada fue igual.
Ahora vuelvo. Sólo por el fin de semana largo. Mientras mis compañeros de oficina viajan a la costa o a sus casaquintas, yo me vine a este pueblito de mala muerte. “El sábado es la fiesta del geranio en mi pueblo”, les dije a modo de explicación.
Y aquí estoy. Otra vez en el pueblo. Ya no están los viejos, que se fueron para siempre, ni los amigos que quién sabe dónde estarán, ni Mecha, ni nadie que yo conozca. Igual aquí voy, cruzando nuevamente la plaza. La recuerdo más grande y con más verde. Ya no está la calesita, el bebedero está roto, los juegos están cercados por rejas. Qué distinto está todo.
Quiero llegar rápido a mi hotel, darme una ducha, dormir una horita, y después irme a la peatonal a disfrutar de la fiesta del geranio.
La fiesta del geranio. Nunca me gustó cuando era parte de este pueblo y ahora que soy un desconocido vengo a verla. Durante ésta época, en mis tiempos, el pueblo se convulsionaba. Hoy, ahora, parece un día más.
Recuerdo cuando a Mecha la eligieron reina del geranio. ¡Qué orgullo! Ese día todos los de la barra quedamos prendados de ella. Sin embargo me eligió a mi. Pero duró poco. Al poco tiempo empezó el éxodo, y ella también se fue.
Qué distinto está todo. ¡Hasta hay semáforos en la Avenida!
Ya no parece mi pueblo, todo está tan cambiado que cuesta reconocerlo.
Quiero llegar pronto al hotel, éste paseo me está haciendo mal. No sé qué vine a buscar —no voy a mentirme con que realmente vine a la fiesta—, pero seguro que aquí no lo voy a encontrar.
Ya estoy cerca, doblando la esquina, son dos cuadras y llego. Aunque si camino para el lado del río, paso por la puerta de mi vieja casa. ¿Qué hago? ¿Por qué me martirizo?
Es sólo curiosidad, quiero ver mi casa.
Está distinta. Le agregaron al jardín un toldo de lona que queda horrible, la pintaron de amarillo, construyeron otra planta. Y bueno, todo cambia. ¿Y allá enfrente? ¿Ese baldío? Ahí vivía Mercedes. Parece como en el tango: “nada, nada queda en tu casa natal, solo telarañas...”. ¿Eh? ¿Quién me toca el hombro?
—¿Román?
—¿Mecha? —no lo puedo creer.
La miro a los ojos. Los tiene húmedos, como aquella vez en la plaza. Le tiembla la mandíbula, me sonríe. Me toma las manos. Me observa de arriba a abajo. Está emocionada.
—¿Cómo estás, tanto tiempo? —pregunto.
—No tan bien como vos —responde.
La veo flaca, tal vez demasiado flaca. Tiene arrugas. Se nota que pasó el tiempo. Está distinta, ella también está distinta.
—¡Qué alegría Román! ¿Viniste a la fiesta?
—Claro, no podía faltar —agregué.
La miro. Me mira. Sonríe. Intento sonreír también. Ni una palabra. Sólo miradas.
Por fin ella habla:
—¿Nos vemos ésta noche en la peatonal?
—Seguro —le digo.
—Chau —se despide.
—Chau —me despido.
Ni una mención al pasado. Ni un comentario. Ni un recuerdo. A ella que fue la reina de la fiesta. No se lo recordé. ¿Fui descortés? ¿O tuve piedad?
Ahora si, me voy para mi hotel.
Estoy muy cansado. Confundido. Abrumado.
Entro a la recepción. El conserje me da las llaves. Subo un piso por la escalera hasta mi habitación. Un botones de unos quince años me lleva la valija. Le doy dos pesos. Cierro la puerta. Otra vez solo.
Voy hacia el baño, abro la ducha. El agua cae fuerte, me meto debajo. Giro la canilla de la fría para regular la temperatura.
Ahora me afeito. Mojo mi cara y antes de esparcirme la crema por ella, me miro al espejo.
Me veo por primera vez como nunca antes me vi.
¿Realmente soy yo?
Me sigo mirando en el espejo. También han pasado los años para mi.
Termino de arreglarme. Abro la valija y saco ropa limpia. Me visto rápido. Si me apuro en llegar a la terminal, tal vez pueda cambiar los pasajes y volverme esta misma noche.
Creo que voy a aprovechar el fin de semana para adelantar trabajo en la oficina.
*Ricardo Fabián Rosa. Narrador. Nació en Buenos Aires.
Es contador público nacional. Vive en Parque Chas (Bs.As.)
Libro publicado: Pandemónium (cuentos). 2004
viernes, 27 de febrero de 2009
domingo, 22 de febrero de 2009
Ese día estuvimos todos (por Rodrigo Gaite)
La semana anterior, mientras acomodaba unos apuntes sobre el mantel de hule en la mesa de la cocina, le prometió a Clarita que la plata del préstamo la iba a emplear en la refacción de la casa. O parte de la refacción, porque para todo no iba a alcanzar. En el baño iba a cambiar los azulejos y los artefactos, pero lo más probable era que la cocina quedara para más adelante. Pero por lo menos hasta que se casaran podría quedarse tranquilo a arreglar la vivienda de sus padres, sobre todo la habitación matrimonial, que comenzarían a utilizar cuando regresaran de la luna de miel. Tenía que rasquetear las paredes y darle unas manos de pintura, reparar el placard y engrasar las bisagras de las puertas.
Y como iba a haber polvo por todas partes, le pidió que esperara para llevar el Wincofon y los discos de vinilo de rock nacional, encima ella tan cuidadosa que a los de Almendra y Pescado Rabioso sólo faltaba que los pusiera dentro de una caja de cristal.
La conocía de toda la vida, porque vivían en el mismo barrio. Pero recién en un asalto que hicieron sus compañeras de 5º comercial, se animó a encararla. Desde entonces comenzaron un noviazgo que fue afianzándose cada vez más hasta que llegó la propuesta que a ella casi la deja muda: el casamiento.
Cuando llegó al bar se acordó que al otro día debía llevar la seña por el juego de muebles del comedor.
Hacía rato que el Ford Falcon estaba estacionado sobre la calle Gavilán; pero Manuel no lo vio. De haberlo visto tampoco le hubiese llamado la atención. Desde que veía camiones del ejército apostados en las esquinas parando a los colectivos y haciendo una minuciosa requiso de los pasajeros, ya nada le llamaba la atención.
Desde que había comenzado a trabajar en la empresa nunca le manifestaron nada por su aspecto personal, pero hacía unos días que le habían "sugerido" que se cortara el pelo , para que sus cabellos castaños luciesen lo más prolijo posible.
Le pidió al mozo lo mismo que todos los días. Se le vinieron a la mente las palabras que no se atrevió a decirle a la madre cuando la encontró en el patio regando los malvones y hablando con los canarios: "Tengo el presentimiento de que hoy va a pasar algo importante". Pero para qué. No fuera que, con la situación que se estaba viviendo, la vieja pensara cualquier cosa y se hiciera mala sangre.
De hecho no era un día cualquiera, cientos de cordobeses habían llegado al barrio porteño de la Paternal para ver a su amado Talleres, ese Talleres fino y exquisito de Valencia, Ludueña, Galván, Bravo y Bocanelli.
Manuel, acodado en la superficie de madera y con los dedos de la mano entrecruzados, los veía pasar caminando a través del ventanal. Siempre tardaba bastante el gallego para traer un simple café con leche y tres medias lunas. Igual tenía tiempo para entrar a la cancha para ver a su querido Argentinos Juniors, y de paso ver si ese pibe al que vio jugar un par de partidos en la tercera podía soportar la presión y las patadas en primera división. También lo había visto tiempo atrás en el programa de Pipo Mancera haciendo malabares con la pelota, cuando su primo Rafael invitó a toda la familia para mostrarle el nuevo televisor blanco y negro que había comprado y costado un ojo de la cara. Pero lo que más le llamó la atención fue la estampa y la personalidad de ese pibe al que ahora le faltaban diez días para cumplir los dieciséis años.
Como en su casa el fútbol importaba poco y nada, no se sintió presionado para ser de determinado equipo. Le gustaba Independiente, porque le atraía la camiseta roja. Pero quizá sí haya tenido influencia eso de querer ser distinto, de pensar de otra manera, porque de Boca, de River y hasta de Independiente eran todos. Entonces no dudó en hacerse hincha de otro que también tenía la divisa roja y el nombre que ya lo hacía sentir orgulloso: Argentinos. Claro que para eso también debía soportar el mote de equipo chico y los sinsabores de magras campañas.
Alguna vez lloró por su cuadro, era chico pero recordaba bien que había sido allá en el sesenta. Hicieron una brillante campaña, pero perdieron tres a uno con Lanús, en La Paternal. Con esa derrota terminaron segundo, a dos puntos del campeón, Independiente. Pero nunca en su vida había llorado con tanta angustia y dolor, como dos años antes, cuando aquel 1º de julio falleció el General. Igual se puso contento cuando en el 73 los diablos rojos vencieron a Juventus con el gol antológico de Bochini.
Durante su adolescencia se enteró que los fundadores de Argentinos eran de ideas socialistas y que por eso no era un club sino una asociación atlética y de ahí el color rojo de las casacas. Cuando no lo iba a ver de visitante, le gustaba escuchar al gordo José María, en la Oral deportiva. Muñoz. Porque de tanto en tanto interrumpían la transmisión para informar desde las otras canchas y así se enteraba de la suerte de su equipo. Por eso el bichito colorado era algo especial en su vida, era una alegría ir a la cancha. Pero desde aquel 24 de marzo lo que menos tenía el pueblo era alegría.
Se le escapó una sonrisa irónica con eso de "Proceso de reorganización nacional". Hacía poco que había estado con otros compañeros en La Plata, reclamando por el boleto estudiantil cuando sucedió lo que más tarde se conocería como "La noche de los lápices".
Linda manera de reorganizar el país, a palazo limpio, pensó.
Cuando salió del bar, se dirigió rápidamente al estadio y se ubicó en la colmada platea que daba espaldas a Boyacá. El campo de juego estaba en muy malas condiciones y no daba pie con bola Argentinos cuando empezó el partido, y como era de suponer, a mediados del primer tiempo, Talleres se puso en ventaja con gol de Ludueña. Cuando terminó la primera etapa, todos se preguntaban por el pibe que estaba sentado en el banco de suplentes.
En el entretiempo, Manuel desvió sus pensamientos hacia otras cuestiones. Pensó en sus viejos y sus hermanos, en el sueño de compartir con Clarita toda la vida, en el sueño de que sus hijos crecieran en un país mejor, sin miedos, sin ataduras, con la libertad de expresarse y de elegir, en un país sin tantas desigualdades sociales. Maldijo la hora de haberse metido en la facultad, estaba jodida la mano en Filosofía y Letras. Maldijo la hora de pensar distinto.
Ese zurdito que la descosía en los potreros de Villa Fiorito y se preparaba para ingresar en el segundo tiempo, lo hizo volver a la realidad, La melena enrulada, la camiseta roja con la banda blanca cruzada en diagonal, el número 16 en la espalda y los botines Adidas, era el centro de atención de todos los presentes. Era el mismo que Manuel había visto llegar a la cancha vestido con camisa blanca y pantalón de corderoy turquesa con botamangas —se había preguntado si el pibe no tendría calor con la temperatura que hacía—.
Años después el pibe contaría casi con gracia que ese pantalón era el único que tenía.
El árbitro Maino autorizó el cambio que todos esperaban que hiciera el técnico Montes por Giacobetti, y Manuel se acordó de sus presentimientos: "Va a pasar algo importante".
El nunca le podría contar a nadie que en la primera jugada el pibe recibió el balón a espaldas de su marcador, se dio vuelta al tiempo que hacía pasar la pelota pintier por entre medio de las piernas del número ocho, Cabrera, y mientras bajaban los aplausos de las tribunas, sin saber muy bien por qué, Manuel tuvo la sensación que comenzaba a escribirse una nueva historia y que a partir de ese instante muchas cosas iban a suceder..
Para la historia quedará que Talleres se llevó la victoria por la mínima diferencia. Para los archivos también quedará que esa no fue una tarde más.
Al salir de la cancha no tuvo mucho tiempo para pensar lo que había presenciado. A pocos metros de la parada de colectivos los cuatros tripulantes del Ford Falcon se bajaron y lo increparon al tiempo que le pedían documentos. Eran todos iguales, peinados a la gomina, con camperas de cuero y lentes oscuros. El que tenía cierto aire de jefe le inmovilizó los brazos y lo metió a los empujones en el asiento trasero del auto, que aceleró bruscamente. Sus ojos marrones se vieron por última vez con un brillo de resignación y desconsuelo. Nunca más se supo de él. Por supuesto, nadie vio nada.
En ese momento, en un rincón oculto del deteriorado vestuario, el pibe estaba sentado en un banco de madera, cubierto con una toalla, contestando las preguntas de algunos cronistas.
Lástima que Manuel y miles de compatriotas más no podrán contar jamás la historia que comenzaba a escribirse aquel caluroso miércoles del 20 octubre de 1976.
Rodrigo Gaite. Escritor y poeta. Nació en Buenos Aires. Es
Maestro mayor de obras. Vive en Ciudad Evita (Prov. de Bs. As.)
Y como iba a haber polvo por todas partes, le pidió que esperara para llevar el Wincofon y los discos de vinilo de rock nacional, encima ella tan cuidadosa que a los de Almendra y Pescado Rabioso sólo faltaba que los pusiera dentro de una caja de cristal.
La conocía de toda la vida, porque vivían en el mismo barrio. Pero recién en un asalto que hicieron sus compañeras de 5º comercial, se animó a encararla. Desde entonces comenzaron un noviazgo que fue afianzándose cada vez más hasta que llegó la propuesta que a ella casi la deja muda: el casamiento.
Cuando llegó al bar se acordó que al otro día debía llevar la seña por el juego de muebles del comedor.
Hacía rato que el Ford Falcon estaba estacionado sobre la calle Gavilán; pero Manuel no lo vio. De haberlo visto tampoco le hubiese llamado la atención. Desde que veía camiones del ejército apostados en las esquinas parando a los colectivos y haciendo una minuciosa requiso de los pasajeros, ya nada le llamaba la atención.
Desde que había comenzado a trabajar en la empresa nunca le manifestaron nada por su aspecto personal, pero hacía unos días que le habían "sugerido" que se cortara el pelo , para que sus cabellos castaños luciesen lo más prolijo posible.
Le pidió al mozo lo mismo que todos los días. Se le vinieron a la mente las palabras que no se atrevió a decirle a la madre cuando la encontró en el patio regando los malvones y hablando con los canarios: "Tengo el presentimiento de que hoy va a pasar algo importante". Pero para qué. No fuera que, con la situación que se estaba viviendo, la vieja pensara cualquier cosa y se hiciera mala sangre.
De hecho no era un día cualquiera, cientos de cordobeses habían llegado al barrio porteño de la Paternal para ver a su amado Talleres, ese Talleres fino y exquisito de Valencia, Ludueña, Galván, Bravo y Bocanelli.
Manuel, acodado en la superficie de madera y con los dedos de la mano entrecruzados, los veía pasar caminando a través del ventanal. Siempre tardaba bastante el gallego para traer un simple café con leche y tres medias lunas. Igual tenía tiempo para entrar a la cancha para ver a su querido Argentinos Juniors, y de paso ver si ese pibe al que vio jugar un par de partidos en la tercera podía soportar la presión y las patadas en primera división. También lo había visto tiempo atrás en el programa de Pipo Mancera haciendo malabares con la pelota, cuando su primo Rafael invitó a toda la familia para mostrarle el nuevo televisor blanco y negro que había comprado y costado un ojo de la cara. Pero lo que más le llamó la atención fue la estampa y la personalidad de ese pibe al que ahora le faltaban diez días para cumplir los dieciséis años.
Como en su casa el fútbol importaba poco y nada, no se sintió presionado para ser de determinado equipo. Le gustaba Independiente, porque le atraía la camiseta roja. Pero quizá sí haya tenido influencia eso de querer ser distinto, de pensar de otra manera, porque de Boca, de River y hasta de Independiente eran todos. Entonces no dudó en hacerse hincha de otro que también tenía la divisa roja y el nombre que ya lo hacía sentir orgulloso: Argentinos. Claro que para eso también debía soportar el mote de equipo chico y los sinsabores de magras campañas.
Alguna vez lloró por su cuadro, era chico pero recordaba bien que había sido allá en el sesenta. Hicieron una brillante campaña, pero perdieron tres a uno con Lanús, en La Paternal. Con esa derrota terminaron segundo, a dos puntos del campeón, Independiente. Pero nunca en su vida había llorado con tanta angustia y dolor, como dos años antes, cuando aquel 1º de julio falleció el General. Igual se puso contento cuando en el 73 los diablos rojos vencieron a Juventus con el gol antológico de Bochini.
Durante su adolescencia se enteró que los fundadores de Argentinos eran de ideas socialistas y que por eso no era un club sino una asociación atlética y de ahí el color rojo de las casacas. Cuando no lo iba a ver de visitante, le gustaba escuchar al gordo José María, en la Oral deportiva. Muñoz. Porque de tanto en tanto interrumpían la transmisión para informar desde las otras canchas y así se enteraba de la suerte de su equipo. Por eso el bichito colorado era algo especial en su vida, era una alegría ir a la cancha. Pero desde aquel 24 de marzo lo que menos tenía el pueblo era alegría.
Se le escapó una sonrisa irónica con eso de "Proceso de reorganización nacional". Hacía poco que había estado con otros compañeros en La Plata, reclamando por el boleto estudiantil cuando sucedió lo que más tarde se conocería como "La noche de los lápices".
Linda manera de reorganizar el país, a palazo limpio, pensó.
Cuando salió del bar, se dirigió rápidamente al estadio y se ubicó en la colmada platea que daba espaldas a Boyacá. El campo de juego estaba en muy malas condiciones y no daba pie con bola Argentinos cuando empezó el partido, y como era de suponer, a mediados del primer tiempo, Talleres se puso en ventaja con gol de Ludueña. Cuando terminó la primera etapa, todos se preguntaban por el pibe que estaba sentado en el banco de suplentes.
En el entretiempo, Manuel desvió sus pensamientos hacia otras cuestiones. Pensó en sus viejos y sus hermanos, en el sueño de compartir con Clarita toda la vida, en el sueño de que sus hijos crecieran en un país mejor, sin miedos, sin ataduras, con la libertad de expresarse y de elegir, en un país sin tantas desigualdades sociales. Maldijo la hora de haberse metido en la facultad, estaba jodida la mano en Filosofía y Letras. Maldijo la hora de pensar distinto.
Ese zurdito que la descosía en los potreros de Villa Fiorito y se preparaba para ingresar en el segundo tiempo, lo hizo volver a la realidad, La melena enrulada, la camiseta roja con la banda blanca cruzada en diagonal, el número 16 en la espalda y los botines Adidas, era el centro de atención de todos los presentes. Era el mismo que Manuel había visto llegar a la cancha vestido con camisa blanca y pantalón de corderoy turquesa con botamangas —se había preguntado si el pibe no tendría calor con la temperatura que hacía—.
Años después el pibe contaría casi con gracia que ese pantalón era el único que tenía.
El árbitro Maino autorizó el cambio que todos esperaban que hiciera el técnico Montes por Giacobetti, y Manuel se acordó de sus presentimientos: "Va a pasar algo importante".
El nunca le podría contar a nadie que en la primera jugada el pibe recibió el balón a espaldas de su marcador, se dio vuelta al tiempo que hacía pasar la pelota pintier por entre medio de las piernas del número ocho, Cabrera, y mientras bajaban los aplausos de las tribunas, sin saber muy bien por qué, Manuel tuvo la sensación que comenzaba a escribirse una nueva historia y que a partir de ese instante muchas cosas iban a suceder..
Para la historia quedará que Talleres se llevó la victoria por la mínima diferencia. Para los archivos también quedará que esa no fue una tarde más.
Al salir de la cancha no tuvo mucho tiempo para pensar lo que había presenciado. A pocos metros de la parada de colectivos los cuatros tripulantes del Ford Falcon se bajaron y lo increparon al tiempo que le pedían documentos. Eran todos iguales, peinados a la gomina, con camperas de cuero y lentes oscuros. El que tenía cierto aire de jefe le inmovilizó los brazos y lo metió a los empujones en el asiento trasero del auto, que aceleró bruscamente. Sus ojos marrones se vieron por última vez con un brillo de resignación y desconsuelo. Nunca más se supo de él. Por supuesto, nadie vio nada.
En ese momento, en un rincón oculto del deteriorado vestuario, el pibe estaba sentado en un banco de madera, cubierto con una toalla, contestando las preguntas de algunos cronistas.
Lástima que Manuel y miles de compatriotas más no podrán contar jamás la historia que comenzaba a escribirse aquel caluroso miércoles del 20 octubre de 1976.
Rodrigo Gaite. Escritor y poeta. Nació en Buenos Aires. Es
Maestro mayor de obras. Vive en Ciudad Evita (Prov. de Bs. As.)
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Ese día estuvimos todos // Rodrigo Gaite
viernes, 22 de febrero de 2008
El culo de una arquitecta // por Pedro Mairal
No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se auto sustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompaviva y prodigiosa. Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización. Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neanderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en cambio, es lírico, musical, cadencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema. Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas confrontan, el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balanceo camino del mar. Las mujeres argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco en el último Hay Festival de Cartagena de Indias para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General. De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre sorprende al tacto esa temperatura, el frescor del cachete en el primer encuentro con la mano. Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre. Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora, como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa. Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personal trainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados. Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un “tremendo fambeco”. Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, “El culo de una arquitecta”. No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero. Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores, pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona. Y ojalá se entere también que, cuando me echaron ,lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos respingando el durazno gigante de su culo soñado.
sábado, 16 de febrero de 2008
Adicción
Me paso cada día de mi vida drogado. Cuando no tengo la droga que deseo, que anhelo, el mono se apodera de todo mi ser y no para hasta obtener una nueva dosis. Tú eres la droga que tanto anhelo. Cada día que paso sin verte, sin enredarme en tus dorados cabellos, sin enraizarme en tus ojos azul celeste, sin probar el dulce veneno de tus labios, sin disfrutar el fresco aroma de tu piel, son un tormento para mí.La suave textura de tu piel, tus frescos, tiernos, carnosos labios, veneno inmisericorde, luna de mis sueños. Tus oídos, laberinto que pierde a mi lengua mientras, entre jadeos, te susurro palabras de pasión. Tu cuello de forma perfecta, círculo interminable que exalta mi apetito de lujuria. Tus hombros desnudos, eróticos paraísos de sensibilidad. De ahí voz bajando, lentamente, reconociendo cada punto de tu piel.Adoro tus pechos, los recorro con suavidad, juego con ellos mientras se endurecen, se erizan, me detengo cerca de su luna, la rodeo lentamente, con mi lengua, mientras que con la mano aprieto tus pechos, tiernos, suaves. Utilizo mi lengua para recorrer sus lunas llenas, hermosas, con sus prominencias que no paran de crecer. Las toco con mis labios, acojo el pezón en mi boca y lo dejo escapar. Sigo masajeando tus pechos, en círculos, los aprieto, un poquito más. Mis uñas se clavan como punzones en tus senos. Nuestras piernas se entrelazan, aprisionas mi muslo que se cuela entre tus piernas y se mueve rítmicamente mientras mi lengua juega con tus pezones. Los atenazo entre mis dientes y jugueteo con mi lengua.Es un juego lento, rítmico. Los suelto y subciono con mi boca mentras mis manos mantienen tu pecho, los masajea y aprisiona fuertemente. Ambos cuerpos bailan cadenciosamente.Libero tus pechos. Recorro su aureola con mi lengua, mordisqueo suavemente tus pezones y los subciono. Los dejo descansar.Exploro tu cuerpo, su húmedo aroma, con mi lengua. Mis uñas recorren lentamente sus lados, juguetean con tus pezones, aprisionan tus pechos, los envuelven.Mi lengua recorre tu pozo de vida, cercado de erizadas texturas de carne rosada, jugosos elixires emanan encabritando mis sentidos más racionales hasta haceme perder la cordura.Un deseo incontenible excita mis sentidos. Mi lengua inexorablemente recorre lentamente, saboreando, reconociendo, los pequeños montes, la colina más hermosa, revelando su tierno interior, deseándolo y disfrutándolo suavemente, lentamente, descubriendo un magma de pasiones que se encadenan rítmicamente, escalonadamente. Los dientes, suaves tenazas de terciopelo, atrapan ese creciente magma incandesccente, abrasador. Lo atenazan suavemente y lo dejan escapar en plena convulsión. Mientras, la lengua explora los montes circundantes, prominencias sensoriales, carnosas voluptuosidades, que encierran un hermoso y dulce valle salado, por cuyos vericuetos mi lengua avanza sin descanso, explorando cada uno de los pantanosos senderos que lo recorren. Y de a poco penetra en una oscura cavidad, volcán de vida pasional, enjambre de voluptuosa belleza y sensibilidad.Penetra suavemente, tanteando sus paredes interiores, profundizando y saliendo nuevamente al hermoso valle para deleitarse en el incandescente magma, atenazarlo y saborearlo para bajar de la colina al valle y desde el valle sumergirse en el volcán en eurupcin, sucumbiendo a su sabor, exaltándose. Y mientras mis manos recorren tus pechos, mis dedos juegan con tus pezones, mis u~as se clavan inmisericordes en tus pechos.La lengua entra y sale acelerada, disfrutando el jugoso valle, del rocìo impregnado, del aroma del todo.Sube a los montes para llegar a a colina y presionarla haciendo salir el magma rosado que abraza con suavidad y acaricia acelerando el ritmo, siguiendo de cerca su intensidad.Espasmódicos terremotos convulsionan el paisaje. Los montes tiemblan, el valle se inunda con la lava del volcán que exhausto abre su boca expulsando sus calores.La colina se agita, mi lengua excitada no para de acariciar el magma que retengo en mi boca y subciono, jugueteando obsesivamente, una y otra vez, con mi lengua.Lo expulso, mi lengua cae sobre el y lo aprieta, lo recorre insaciablemente, velozmente, sin parar.Todo tiemblea, las monta~as, el valle, el magma ardiente y el volcán a punto de explotar.Mi lengua no puede parar, continúa sus maníacos movimientos. El terremoto arrecia, se enfurece, la naturaleza pierde el control.Una locura desenfrenada se apodera de la totalidad y en un instante el volcán explota, expele su lava que inunda el valle y humedece los montes. El magma, roto, se cobija bajo el abrigo de la colina.Las últimas convulsiones agitan los montes y la calma va apoderándose lentamente del todo.Mis labios besan tiernamente los montes y su colina, tu pozo de vida, tus pechos, tus pezones, tu cuello...
domingo, 3 de febrero de 2008
Masturbate // de Irene Gruss
Mastúrbate
úntate
cada pezón con miel
y baja el mentón,
la lengua
saben dulces,
toca circularmente cada punta morada,
agrietada o lisa
y luego acaricia el vientre,
el ombligo,
haz cine o literatura con la mente
pero no olvides los pezones,
la miel, el dedo circular
hazlo frente al televisor
mientras te ríes y te humillas:
mastúrbate,
abandona,
cuida el clítoris como a la piel de un niño,
escucha el viento que suena detrás de la ventana cerrada,
guarda tu jugo a escondidas del mundo
y mastúrbate,
que tus piernas comiencen a abrirse
y a cerrarse
que tu murmullo sea un gemido ronco,
grito agudo en el aire,
en el hueco que pide penetración,
contacto,
habla despacio
hazlo en silencio
pero gime
aúlla murmura
aunque sea el goce
el rozarse de tu pelo en la almohada
en la alfombra en la nuca,
mastúrbate,
hasta que las rodillas tiemblen
hasta que caigan lágrimas
y suene esta vez no un viento sino un timbre
y otro, regular la campanilla,
recién entonces
dilátate como en el parto
lubrica tu vagina,
0 el tubo que sigue llamando, levántalo,
bájalo introdúcelo y escucha ahora su voz,
lejana, ajena,
y cierra tus ojos,
su boca tan adentro.
úntate
cada pezón con miel
y baja el mentón,
la lengua
saben dulces,
toca circularmente cada punta morada,
agrietada o lisa
y luego acaricia el vientre,
el ombligo,
haz cine o literatura con la mente
pero no olvides los pezones,
la miel, el dedo circular
hazlo frente al televisor
mientras te ríes y te humillas:
mastúrbate,
abandona,
cuida el clítoris como a la piel de un niño,
escucha el viento que suena detrás de la ventana cerrada,
guarda tu jugo a escondidas del mundo
y mastúrbate,
que tus piernas comiencen a abrirse
y a cerrarse
que tu murmullo sea un gemido ronco,
grito agudo en el aire,
en el hueco que pide penetración,
contacto,
habla despacio
hazlo en silencio
pero gime
aúlla murmura
aunque sea el goce
el rozarse de tu pelo en la almohada
en la alfombra en la nuca,
mastúrbate,
hasta que las rodillas tiemblen
hasta que caigan lágrimas
y suene esta vez no un viento sino un timbre
y otro, regular la campanilla,
recién entonces
dilátate como en el parto
lubrica tu vagina,
0 el tubo que sigue llamando, levántalo,
bájalo introdúcelo y escucha ahora su voz,
lejana, ajena,
y cierra tus ojos,
su boca tan adentro.
miércoles, 26 de diciembre de 2007
La oscuridad bajo la mesa
Por Elvio Gandolfo
El jefe ha dicho que podía irme dos horas antes a casa, para terminar con las carpetas de expedientes que llevé anoche. Después de un largo viaje en ómnibus, en el día neblinoso, húmedo, con olores que quedan como colgando del aire, entro al ascensor amarillento, sucio, recorro el pasillo cuyas paredes parecen sudar y abro la puerta del departamento, empujando un poco para que se destrabe el marco.
En la sala hay cuatro sillas, una sólida y vieja mesa de madera, de puntas redondeadas, y con patas formadas por una U compacta, también de madera, que se apoya sobre un soporte redondo y grueso como un leño. Detrás, al fondo, junto a la puerta que lleva a la cocina, está el trinchante, un poco deslustrado. Donde tendrían que ir botellas de distintas bebidas, en una puertita del costado izquierdo, tengo las carpetas, papeles en blanco, carbónicos. Sin quitarme el sobretodo me acerco, escurriéndome entre las sillas y la cómoda (los muebles entran un poco apretados en el espacio reducido de la sala) y me agacho. También la puerta del mueble está un poco trabada, pero al fin cede. Saco una pila de carpetas, y, en vez de trasladarlas a la mesa, me dejo resbalar lentamente y quedó sentado, pasando una tras otra, en busca de la que falta terminar.
En el otro extremo la puerta de la calle se abre: seguramente mi mujer, pienso, y alzo apenas la cabeza para mirar por debajo de la mesa, entre la red que forman las patas en U, las patas delgadas de las sillas, y el mantel de puntillas que cuelga cerca de mi nariz y más allá, repitiéndose a dos metros, en otra punta de la mesa.
Lo que veo son las piernas de mi mujer, calzada con los zapatos de taco, cosa que me llama la atención. Sólo alcanzo a distinguirlas hasta las rodillas, hasta donde empieza el vestido color violeta que se pone los fines de semana. Aparto los ojos por un segundo para mirar la hora: las cuatro y cuarto. Pensaba que el minúsculo movimiento de mi cabeza sería acompañado por el ruido de la puerta al cerrarse (uno empuja, entra, la vuelve a cerrar casi en un único movimiento) y sorprendido de no oírlo vuelvo a mirar.
Hay un par de piernas de hombre junto a las piernas de mi mujer. Ahora sí la puerta se cierra, y las piernas de los dos cambian de posición: mi mujer queda apoyada contra la puerta y los tacos del hombre hacia mí: evidentemente la aprieta contra la hoja de metal. Una mano aparece desde el borde de la mesa y el mantel, baja, alza el vestido violeta de mi mujer lentamente y acaricia la carne a la vez con ternura y violencia, con apremio y calma. Se oyeron los jadeos de mi mujer, largos y profundos al principio, entremezclados con algo que es como el comienzo de una palabra dicha entre dientes, que no llega a concretarse y que al fin se resuelve en un «aaahh» ronco, cada vez más breve. La mano ha vuelto a subir por debajo del vestido de mi mujer, y ahora le veo las piernas perdiéndose hacia arriba, con medias largas, color carne.
De pronto las piernas de mi mujer se apartan de la puerta, las del hombre vacilan un poco (fuera de mi visión debe estar viendo el movimiento de mi mujer, captándolo más bien con el cuerpo, y tratando de adaptarse a él). Lo que ella hace es retroceder de espaldas hasta la mesa, para apoyarse, y arrastrar al hombre, tomándolo de la ropa, guiándolo.
Ha quedado apoyada con las nalgas en la mesa, y abre las piernas, que enmarcan las del hombre, apoyándose en la punta de los pies, aún calzados. Así como antes esperaba el ruido de la puerta, ahora espero que los pies del hombre se afirmen, que los jadeos de mi mujer se hagan más intensos, que recomiencen al menos, porque se han interrumpido. Pero los movimientos de los dos se hacen suaves, silenciosos, casi respetuosos. Las dos manos del hombre bajan lentamente una de las medias, mientras los pies de mi mujer, fuertes, ágiles, se quitan los zapatos con un par de movimientos. Se oye el chasquido del elástico de la segunda media al soltarse arriba: la otra media baja, lentamente.
Las piernas de mi mujer son blancas, casi lechosas donde se unen a las nalgas, al borde de la gordura pero firmes; hay algo en ellas que reclama algo, no se sabe bien qué: decir que reclaman ser tocadas sería simplificar, falsear las cosas.
No he alcanzado a ver el rostro del hombre, la primera vez porque quedó más allá del borde del mantel, la segunda porque la pierna lo ocultó. Hay un susurro suave, las piernas de mi mujer se apoyan alternadamente, en movimientos leves, sueltos: se está sacando o le están sacando el vestido, que cae, formando una mancha violeta junto a las cuatro piernas.
Llama la atención que el hombre no se haya sacado el pantalón: la está acariciando, de vez en cuando una mano baja por las nalgas, y vuelve, se demora en el surco cálido y suave que las divide, hasta que se demora definitivamente, entra con delicadeza, los jadeos de mi mujer aumentan.
Esperaba ver subir las piernas de mi mujer, aferrarse a las del hombre, o un leve crujido de la madera de la mesa que indicara que se recostaba, que se iba dejando caer sobre ella, corriendo el mantel de puntillas, arrugándolo, derribando el espantoso cisne de cerámica estilizado que hace de centro de mesa. Pero en cambio cae (siempre suavemente, sin violencia) de rodillas, y baja con decisión pero con cuidado el cierre metálico del pantalón del hombre. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir cómo surge su miembro porque mi mujer lo abarca casi antes de que salga con la boca, lo cubre, se mueve. El hombre le sostiene la cabeza tomándola del pelo y las orejas, como temiendo que se le caiga, porque todo parece balanceo, ebriedad incontrolable, que al borde del desmoronamiento y el desorden se controla sin embargo, multiplicando el goce.
Mi mujer va cambiando lentamente la posición del cuerpo. Es como si su rostro fuera otro, a la vez más real y más anónimo que el de todos los días: tiene los ojos entrecerrados, las mejillas rosadas y ahuecadas por la tarea, el pelo rubio cayéndose desordenado y oscilante con los movimientos de la cabeza y del propio cuerpo del hombre, prácticamente sostenido por el miembro, porque las piernas se le han relajado tanto que uno de los zapatos está inclinado, flojo, como un barco escorado.
Ahora mi mujer tira de él hacia abajo, se va recostando lentamente sobre el soporte en U de ese extremo de la mesa. Apoya la espalda contra el grueso trozo de madera y el hombre se arrodilla sacramentalmente, la penetra despacio al principio, luego con más violencia.
La cabeza de mi mujer cae hacia atrás, volcando la cabellera rubia, que parece brillar en la oscuridad bajo la mesa. Ahora veo su rostro invertido, jadeante, levemente sacudido. Sus brazos rodean al hombre y lo atraen hacia ella. Por primera vez le veo la cara: es un desconocido, tan atractivo o desagradable como yo, pero en ese momento rescatado por el goce, alivianado, con todos los músculos del rostro a la vez tensos y flexibles, porque los dos se mueven en armonía, melodiosamente.
Mi mujer tiene que haber advertido algo a través de los ojos entrecerrados, porque de pronto los abre. Debe verme también invertido, más allá de la oscuridad bajo la mesa, con el montón de carpetas sobre las piernas, sentado contra el trinchante, con el sobretodo puesto. Yo también la miro. Algo debemos transmitirnos que impide que la probable sorpresa se traduzca en terror, en un breve espasmo muscular que saque al hombre de su concentración para descubrirme. Lenta, lentamente mi mujer vuelve a entrecerrar los ojos, y ni siquiera puedo inventarle una sonrisa en los labios, que reciben con blandura los del hombre, se dejan aplastar por ellos en medio de un ruido húmedo a succión, a entrega y devolución de interiores, hasta que casi pierden la respiración.
Por primera vez los movimientos del hombre parecen casi desesperarse, rozar la violencia. Lo que está haciendo es quitarse la camisa y el pulóver de un solo tirón, y, con un movimiento sinuoso de todo el cuerpo, el pantalón, que se desliza hasta las rodillas. Mi mujer lo abraza también con ansiedad, por un instante han quedado separados, pero las manos del hombre vuelven a tomarla, a calmarla, y le quitan la enagua de seda ocre, la arrojan sobre el montón de ropa que ha ocultado la mancha violeta del vestido.
Ahora sí la penetración es violenta, transmitida por la espalda de mi mujer a toda la mesa, haciendo que se agite la punta del mantel que tengo ante los ojos. Llegan al clímax con rapidez, jadeando juntos, cada vez más roncamente, con un grito final de agonía y triunfo. El hombre permanece sobre ella, acariciándole los cabellos, los hombros. Mi mujer se acomoda un poco y su rostro queda oculto. Miro entonces sus pechos: como siempre el pezón derecho está erecto, duro, y el izquierdo blando, derrumbado.
Mi mujer vuelve a acomodarse y ambos quedan tendidos en el espacio entre la mesa y la pared, acariciándose apenas. Alcanzo a distinguir cómo se eriza la piel de mi mujer. Llega un momento en que los dos parecen estar dormidos. Siento mi miembro erecto aplastado por la pila de carpetas, que empieza a ceder, recorrido por un dolor entre angustioso y gratificante, retenido.
Lo primero que se mueve es la mano del hombre, que vuelve a acariciar y después a introducirse en el surco de las nalgas, destacándose morena contra el blanco purísimo de la piel de mi mujer, que despierta con un estremecimiento de todo el cuerpo.
El temblor parece transmitirle energía al hombre, que toma a mi mujer y la alza en peso, mientras él se entrepara. Mi mujer alcanza a aferrar con los brazos los dos pilares de la U de madera, y resiste el embate rítmico del hombre por detrás. Ahora sí abre los ojos de par en par y me mira fija, hipnóticamente, hasta que se ve obligada a cerrarlos cuando ambos llegan por segunda vez al orgasmo.
La mesa se ha sacudido casi hasta descolarse, una de las carpetas se ha desplazado de la pila y ha caído, pero sin sacarlos del trance animal en que se mueven.
Ya me duele el brazo, y la erección ha desaparecido: siento todo el cuerpo al borde del calambre. Pienso que tal vez vuelvan a caer, a relajarse, dormirse: son las cinco menos diez.
Pero el rostro de mi mujer, que se ha echado hacia atrás esquivando hábilmente el borde de la mesa para quedar unos instantes de rodillas junto a las piernas del hombre, sufre una transformación horrible: recobra en un segundo los rasgos cotidianos, la leve arruga nerviosa en la comisura izquierda de los labios, el gesto general alerta, defensivo. Cuando la mano del hombre intenta acariciarle la espalda, ella se la aparta, eficaz y terminante, mientras le dice que tiene que ir ya mismo a buscar a nuestros hijos a la escuela.
No sé de qué manera, pero el hombre expresa con las piernas (por las que el pantalón ha bajado hasta formar una especie de pedestal informe), con las manos, incluso con el miembro, que ha recibido el mensaje, el baldazo de agua fría. Una de las manos baja despacio y alza la enagua de mi mujer, aquella de seda ocre que le compré en Harrod’s para nuestro quinto aniversario. Pienso que va a alcanzársela, pero lo que hace es limpiarse con cuidado el miembro, mientras con la otra mano se sube primero los pantalones y toma después su ropa.
Mi mujer se ha puesto con rapidez el vestido violeta, los zapatos. Nuevamente les veo sólo las piernas, las del hombre ahora inmóviles mientras se abrocha la camisa, las de mi mujer moviéndose, taconeando hasta perderse cortadas por el borde de la puerta que da al pasillo. Reconozco el ruido a vidrios flojos de la puerta del baño. Advierto que se ha llevado la enagua.
Vuelve un segundo después. Por un instante las piernas de los dos reproducen con tal perfección la posición de cuando entraron, que temo ver cómo las de mi mujer se apoyan otra vez contra al puerta y cómo otra vez los tacos del hombre me apuntan, para recomenzar. Pero es una décima de segundo que no detiene los pasos firmes de mi mujer, el tirón de la puerta al abrirse, el ruido que hace al cerrarse, sofocado por la humedad, casi neumático, y los pasos que se alejan hacia el ascensor.
Ahora sí, con cierta dificultad, podré pararme.
En la sala hay cuatro sillas, una sólida y vieja mesa de madera, de puntas redondeadas, y con patas formadas por una U compacta, también de madera, que se apoya sobre un soporte redondo y grueso como un leño. Detrás, al fondo, junto a la puerta que lleva a la cocina, está el trinchante, un poco deslustrado. Donde tendrían que ir botellas de distintas bebidas, en una puertita del costado izquierdo, tengo las carpetas, papeles en blanco, carbónicos. Sin quitarme el sobretodo me acerco, escurriéndome entre las sillas y la cómoda (los muebles entran un poco apretados en el espacio reducido de la sala) y me agacho. También la puerta del mueble está un poco trabada, pero al fin cede. Saco una pila de carpetas, y, en vez de trasladarlas a la mesa, me dejo resbalar lentamente y quedó sentado, pasando una tras otra, en busca de la que falta terminar.
En el otro extremo la puerta de la calle se abre: seguramente mi mujer, pienso, y alzo apenas la cabeza para mirar por debajo de la mesa, entre la red que forman las patas en U, las patas delgadas de las sillas, y el mantel de puntillas que cuelga cerca de mi nariz y más allá, repitiéndose a dos metros, en otra punta de la mesa.
Lo que veo son las piernas de mi mujer, calzada con los zapatos de taco, cosa que me llama la atención. Sólo alcanzo a distinguirlas hasta las rodillas, hasta donde empieza el vestido color violeta que se pone los fines de semana. Aparto los ojos por un segundo para mirar la hora: las cuatro y cuarto. Pensaba que el minúsculo movimiento de mi cabeza sería acompañado por el ruido de la puerta al cerrarse (uno empuja, entra, la vuelve a cerrar casi en un único movimiento) y sorprendido de no oírlo vuelvo a mirar.
Hay un par de piernas de hombre junto a las piernas de mi mujer. Ahora sí la puerta se cierra, y las piernas de los dos cambian de posición: mi mujer queda apoyada contra la puerta y los tacos del hombre hacia mí: evidentemente la aprieta contra la hoja de metal. Una mano aparece desde el borde de la mesa y el mantel, baja, alza el vestido violeta de mi mujer lentamente y acaricia la carne a la vez con ternura y violencia, con apremio y calma. Se oyeron los jadeos de mi mujer, largos y profundos al principio, entremezclados con algo que es como el comienzo de una palabra dicha entre dientes, que no llega a concretarse y que al fin se resuelve en un «aaahh» ronco, cada vez más breve. La mano ha vuelto a subir por debajo del vestido de mi mujer, y ahora le veo las piernas perdiéndose hacia arriba, con medias largas, color carne.
De pronto las piernas de mi mujer se apartan de la puerta, las del hombre vacilan un poco (fuera de mi visión debe estar viendo el movimiento de mi mujer, captándolo más bien con el cuerpo, y tratando de adaptarse a él). Lo que ella hace es retroceder de espaldas hasta la mesa, para apoyarse, y arrastrar al hombre, tomándolo de la ropa, guiándolo.
Ha quedado apoyada con las nalgas en la mesa, y abre las piernas, que enmarcan las del hombre, apoyándose en la punta de los pies, aún calzados. Así como antes esperaba el ruido de la puerta, ahora espero que los pies del hombre se afirmen, que los jadeos de mi mujer se hagan más intensos, que recomiencen al menos, porque se han interrumpido. Pero los movimientos de los dos se hacen suaves, silenciosos, casi respetuosos. Las dos manos del hombre bajan lentamente una de las medias, mientras los pies de mi mujer, fuertes, ágiles, se quitan los zapatos con un par de movimientos. Se oye el chasquido del elástico de la segunda media al soltarse arriba: la otra media baja, lentamente.
Las piernas de mi mujer son blancas, casi lechosas donde se unen a las nalgas, al borde de la gordura pero firmes; hay algo en ellas que reclama algo, no se sabe bien qué: decir que reclaman ser tocadas sería simplificar, falsear las cosas.
No he alcanzado a ver el rostro del hombre, la primera vez porque quedó más allá del borde del mantel, la segunda porque la pierna lo ocultó. Hay un susurro suave, las piernas de mi mujer se apoyan alternadamente, en movimientos leves, sueltos: se está sacando o le están sacando el vestido, que cae, formando una mancha violeta junto a las cuatro piernas.
Llama la atención que el hombre no se haya sacado el pantalón: la está acariciando, de vez en cuando una mano baja por las nalgas, y vuelve, se demora en el surco cálido y suave que las divide, hasta que se demora definitivamente, entra con delicadeza, los jadeos de mi mujer aumentan.
Esperaba ver subir las piernas de mi mujer, aferrarse a las del hombre, o un leve crujido de la madera de la mesa que indicara que se recostaba, que se iba dejando caer sobre ella, corriendo el mantel de puntillas, arrugándolo, derribando el espantoso cisne de cerámica estilizado que hace de centro de mesa. Pero en cambio cae (siempre suavemente, sin violencia) de rodillas, y baja con decisión pero con cuidado el cierre metálico del pantalón del hombre. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir cómo surge su miembro porque mi mujer lo abarca casi antes de que salga con la boca, lo cubre, se mueve. El hombre le sostiene la cabeza tomándola del pelo y las orejas, como temiendo que se le caiga, porque todo parece balanceo, ebriedad incontrolable, que al borde del desmoronamiento y el desorden se controla sin embargo, multiplicando el goce.
Mi mujer va cambiando lentamente la posición del cuerpo. Es como si su rostro fuera otro, a la vez más real y más anónimo que el de todos los días: tiene los ojos entrecerrados, las mejillas rosadas y ahuecadas por la tarea, el pelo rubio cayéndose desordenado y oscilante con los movimientos de la cabeza y del propio cuerpo del hombre, prácticamente sostenido por el miembro, porque las piernas se le han relajado tanto que uno de los zapatos está inclinado, flojo, como un barco escorado.
Ahora mi mujer tira de él hacia abajo, se va recostando lentamente sobre el soporte en U de ese extremo de la mesa. Apoya la espalda contra el grueso trozo de madera y el hombre se arrodilla sacramentalmente, la penetra despacio al principio, luego con más violencia.
La cabeza de mi mujer cae hacia atrás, volcando la cabellera rubia, que parece brillar en la oscuridad bajo la mesa. Ahora veo su rostro invertido, jadeante, levemente sacudido. Sus brazos rodean al hombre y lo atraen hacia ella. Por primera vez le veo la cara: es un desconocido, tan atractivo o desagradable como yo, pero en ese momento rescatado por el goce, alivianado, con todos los músculos del rostro a la vez tensos y flexibles, porque los dos se mueven en armonía, melodiosamente.
Mi mujer tiene que haber advertido algo a través de los ojos entrecerrados, porque de pronto los abre. Debe verme también invertido, más allá de la oscuridad bajo la mesa, con el montón de carpetas sobre las piernas, sentado contra el trinchante, con el sobretodo puesto. Yo también la miro. Algo debemos transmitirnos que impide que la probable sorpresa se traduzca en terror, en un breve espasmo muscular que saque al hombre de su concentración para descubrirme. Lenta, lentamente mi mujer vuelve a entrecerrar los ojos, y ni siquiera puedo inventarle una sonrisa en los labios, que reciben con blandura los del hombre, se dejan aplastar por ellos en medio de un ruido húmedo a succión, a entrega y devolución de interiores, hasta que casi pierden la respiración.
Por primera vez los movimientos del hombre parecen casi desesperarse, rozar la violencia. Lo que está haciendo es quitarse la camisa y el pulóver de un solo tirón, y, con un movimiento sinuoso de todo el cuerpo, el pantalón, que se desliza hasta las rodillas. Mi mujer lo abraza también con ansiedad, por un instante han quedado separados, pero las manos del hombre vuelven a tomarla, a calmarla, y le quitan la enagua de seda ocre, la arrojan sobre el montón de ropa que ha ocultado la mancha violeta del vestido.
Ahora sí la penetración es violenta, transmitida por la espalda de mi mujer a toda la mesa, haciendo que se agite la punta del mantel que tengo ante los ojos. Llegan al clímax con rapidez, jadeando juntos, cada vez más roncamente, con un grito final de agonía y triunfo. El hombre permanece sobre ella, acariciándole los cabellos, los hombros. Mi mujer se acomoda un poco y su rostro queda oculto. Miro entonces sus pechos: como siempre el pezón derecho está erecto, duro, y el izquierdo blando, derrumbado.
Mi mujer vuelve a acomodarse y ambos quedan tendidos en el espacio entre la mesa y la pared, acariciándose apenas. Alcanzo a distinguir cómo se eriza la piel de mi mujer. Llega un momento en que los dos parecen estar dormidos. Siento mi miembro erecto aplastado por la pila de carpetas, que empieza a ceder, recorrido por un dolor entre angustioso y gratificante, retenido.
Lo primero que se mueve es la mano del hombre, que vuelve a acariciar y después a introducirse en el surco de las nalgas, destacándose morena contra el blanco purísimo de la piel de mi mujer, que despierta con un estremecimiento de todo el cuerpo.
El temblor parece transmitirle energía al hombre, que toma a mi mujer y la alza en peso, mientras él se entrepara. Mi mujer alcanza a aferrar con los brazos los dos pilares de la U de madera, y resiste el embate rítmico del hombre por detrás. Ahora sí abre los ojos de par en par y me mira fija, hipnóticamente, hasta que se ve obligada a cerrarlos cuando ambos llegan por segunda vez al orgasmo.
La mesa se ha sacudido casi hasta descolarse, una de las carpetas se ha desplazado de la pila y ha caído, pero sin sacarlos del trance animal en que se mueven.
Ya me duele el brazo, y la erección ha desaparecido: siento todo el cuerpo al borde del calambre. Pienso que tal vez vuelvan a caer, a relajarse, dormirse: son las cinco menos diez.
Pero el rostro de mi mujer, que se ha echado hacia atrás esquivando hábilmente el borde de la mesa para quedar unos instantes de rodillas junto a las piernas del hombre, sufre una transformación horrible: recobra en un segundo los rasgos cotidianos, la leve arruga nerviosa en la comisura izquierda de los labios, el gesto general alerta, defensivo. Cuando la mano del hombre intenta acariciarle la espalda, ella se la aparta, eficaz y terminante, mientras le dice que tiene que ir ya mismo a buscar a nuestros hijos a la escuela.
No sé de qué manera, pero el hombre expresa con las piernas (por las que el pantalón ha bajado hasta formar una especie de pedestal informe), con las manos, incluso con el miembro, que ha recibido el mensaje, el baldazo de agua fría. Una de las manos baja despacio y alza la enagua de mi mujer, aquella de seda ocre que le compré en Harrod’s para nuestro quinto aniversario. Pienso que va a alcanzársela, pero lo que hace es limpiarse con cuidado el miembro, mientras con la otra mano se sube primero los pantalones y toma después su ropa.
Mi mujer se ha puesto con rapidez el vestido violeta, los zapatos. Nuevamente les veo sólo las piernas, las del hombre ahora inmóviles mientras se abrocha la camisa, las de mi mujer moviéndose, taconeando hasta perderse cortadas por el borde de la puerta que da al pasillo. Reconozco el ruido a vidrios flojos de la puerta del baño. Advierto que se ha llevado la enagua.
Vuelve un segundo después. Por un instante las piernas de los dos reproducen con tal perfección la posición de cuando entraron, que temo ver cómo las de mi mujer se apoyan otra vez contra al puerta y cómo otra vez los tacos del hombre me apuntan, para recomenzar. Pero es una décima de segundo que no detiene los pasos firmes de mi mujer, el tirón de la puerta al abrirse, el ruido que hace al cerrarse, sofocado por la humedad, casi neumático, y los pasos que se alejan hacia el ascensor.
Ahora sí, con cierta dificultad, podré pararme.
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