miércoles, 22 de abril de 2009

Grace (Por Viviana Kurmeyer)

Era pleno invierno, el viento helado y la baja temperatura había deshabitado las calles, la gente buscaba en sus casas ese calor de hogar que atempera el cuerpo y reconforta el alma.
Si no fuera porque Nicolás escuchó en el noticiero las condiciones climáticas, hubiera jurado que era una noche primaveral. La cena estaba servida, se sentó a la mesa y se puso a charlar de bueyes perdidos con su amigo Julián; el país, el paro del campo, la suba de precios, la inseguridad, el fútbol, en todos estos temas los dos se explayaban ampliamente. La realidad era que a ambos nada les interesaba mucho, sólo se trataba de una competencia a ver cual de los dos estaba mejor informado. Mientras mantenían la supuesta amena conversación Nicolás echó un vistazo a su alrededor, y ahí estaba ella, Grace, con porte y nombre de princesa, parecía acariciar los cubiertos con perfectos movimientos genéticamente adquiridos. Inclinó la silla hacia atrás para poder ver el perfil de esa diosa encantadora, una espalda perfecta seductora caía recta hasta el sacro donde hacía una curva vigorosa advirtiendo el inicio de unas nalgas blancas y excitantes. Vuelve a mirar su rostro y choca con esos ojos que siempre le recordaron el mar Caribe, no sólo por el color sino también por la fuerza de la mirada, e inmediatamente se da cuenta que Grace lo observaba. Se avergonzó como un niño, bajó la cabeza y dijo:
—¡Sí, sí esto del ministro fue una barbaridad!
—¡Nico te estoy hablando del gol que le hicimos a Boca! —le reprochó Julián.
—¡Perdón, sabes que a veces vuelo! —y ni se le ocurrió volver a mirarla.
Cuando terminó de cenar, se sentó en el sillón a ver televisión. Haciendo zaping comenzó a dormitarse y fue a su cuarto. Se desvistió, se puso el piyama y se acostó. Estaba inquieto, excitado, se sentía envuelto en un calor distinto; su sexo intentaba emerger de entre sus piernas. Escuchó ruidos en la habitación de al lado, se asomó al pasillo, no había moros en la costa, vio la puerta provocadoramente entreabierta se acercó, y observó como su diosa se sacaba lentamente la ropa; no pudo controlarse más y entró. Ella no se sorprendió ni se cubrió; lo esperaba blanca, inmaculada, etérea, de pie, con la cabeza en alto como una diosa tallada en mármol. Nicolás se sacó la ropa y la abrazó, Grace estaba encendida. Sus sexos exultantes se enarbolaban en sus cuerpos demostrándoles que estaban vivos, su libido se aferraba a ese instante de éxtasis. De repente un ruido en el pasillo destruyó la magia, Nico agarró su ropa y corrió a su cuarto, ella se puso el camisón y se acostó
En el geriátrico no era bien visto que los abuelos se visitaran por las noches.

Viviana Kurmeyer. Escritora y poeta. Nació en Buenos Aires. Es instrumentista quirúrgica. Reside en Capital Federal.

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